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Aunque la Ciudad de México no tiene un capo único que controle todo el mercado de drogas, existen células criminales que controlan grandes territorios y que tienen una capacidad de fuego importante.

El gobierno de la Ciudad, no obstante, ha decidido mirar hacia otro lado y sostener que Tláhuac es la única zona de la Ciudad de México con problemas de narcotráfico. Pero la batalla por el control de la Ciudad está en marcha y sus signos pueden verse a lo largo y ancho de la metrópoli.

 

El pasado 15 de abril, a horas de la madrugada, se escucharon disparos a las afueras de una discoteca entre las calles Mexicalli y Tamaulipas, en el corazón de la Condesa, corredor que desde hace años posee la parte más nutrida de la vida nocturna en la Ciudad. Los disparos fueron producto de una riña que se inició en el interior del bar, y culminó en el homicidio de un muchacho de 16 años dentro de su auto.

No es la primera vez que asesinan a alguien en esa esquina, ni que ese bar está involucrado en algún crimen de sangre; en 2015 el bar que ahora se llama Denbow, y que entonces se llamaba Black, fue el epicentro de un conflicto que dejó 13 jóvenes secuestrados y asesinados. Ahí mataron en aquel año a El Chaparro, primo de uno de los líderes de la Unión Insurgentes.

Por la muerte de El Chaparro, la Unión desplegó su sed de retribución y secuestró del bar Heavens a 13 muchachos, que aparecieron muertos poco después. El caso Heavens fue uno de los más cubiertos por la prensa de la Ciudad, y dejó a la Unión Insurgentes prácticamente deshecha. Desde entonces una de las zonas más rentables para el narcotráfico se quedó sin dueño.

Esta línea de sucesos es narrada con fascinante claridad por Elena Reina para el periódico, El País. Su pieza periodística aprovecha una visita a Tepito para ilustrar la gravedad de las cosas. Tepito, uno de los barrios más bravos de la ciudad “es como un pitbull, nadie ha logrado controlarlo del todo”, dice Antonio Nieto, reportero de seguridad de Reforma, entrevistado por Reina.

En esa zona de la ciudad se puede encontrar de todo: drogas, armas, animales exóticos, además de la mercancía ilegal por la cual es famosa; ahí, los puntos de venta de drogas son todos muy similares: como cualquier puesto de tianguis: barras de hierro cubiertas por lonas de color naranja, y letreros que dicen: PERICO, MOTA, COCA, ÁCIDOS. Depende la sustancia, se venden entre 50, 100 o hasta 200 pesos la pieza.

Sin embargo, la policía puede llegar ahí en cualquier momento y hacer una redada: la violencia está latente. De acuerdo al relato de Reina: “desde octubre del año pasado a marzo han asesinado en estas calles a más de 20 personas. El barrio está viviendo uno de los peores momentos de violencia de los últimos años. Los expertos en seguridad coinciden en que aquí se disputa uno de los territorios más codiciados por el crimen organizado local. El más histórico.”, el Pitbull.

Y precisamente por la magnitud y la peligrosidad del barrio, es que se ha gestado en sus entrañas una de las organizaciones más poderosas: la Unión Tepito, que, de acuerdo a fuentes citadas por Reina, son los únicos que tienen la capacidad “de fuego y de personal” de llegar a controlar la joya que se disputaron sus antecesores con la Unión Insurgentes: el corredor Roma Condesa.

Otro de los focos violentos de la ciudad, como se había apuntado arriba, es Tláhuac. El pasado 20 de julio se vivió ahí uno de los eventos más violentos y sorprendentes en la historia reciente de la metrópoli: el asesinato de El Ojos, Felipe de Jesús Pérez Luna, a manos de La Marina desató una ola de disturbios al más puro estilo sinalonese: camiones incendiados, bloqueos en avenidas, disparos.

El operativo que desplegaron las fuerzas de seguridad en la capital dejó más de una decena de detenidos. El Ojos era un capo con mayúsculas en la ciudad, y controlaba más que Tláhuac: su poder se extendía hasta Xochimilco, Milpa Alta y el sur oriente de la ciudad.

En palabras del experto analista en seguridad, entrevistado por Reina, Froylán Enciso: la estrategia federal fue la misma implementada por Felipe Calderón: un ataque frontal, militarizado que pretende derrotar a la hidra cortándole la cabeza. Enciso dice para El País: “el operativo fue una copia de lo peor de la estrategia de seguridad nacional. Y no es raro que ante esta maniobra fallida en el resto del país se noten alzas en los índices de homicidios, está comprobado que eso sucede”.

La violencia posterior al abatimiento de El Ojos se dejó sentir en el corazón de Tláhuac. Vecinas de la zona narran que los pequeños delincuentes de la zona aprovecharon el evento para organizarse y decir: yo aquí controlo esto. Relatan que el 2017 fue uno de los años más difíciles: la presencia de un policía federal podía desatar una batalla a tiros.

Las madres están muy preocupadas, protegen a sus hijos porque saben que están en un foco rojo. Los criminales se agarran de quienes tienen más necesidad, menos estudios, más vulnerables. Y aquí hay muchísimas personas en esa situación”, dice Sonia Martínez, fundadora de la Asociación de Madres Solteras Trabajando en Tláhuac.

Y añade que Tláhuac después de la muerte de El Ojos: “es un territorio sin ley. Después de que acabaran con El Ojos, el Gobierno no ha podido tomar el control. No se ven patrullas y las pocas que hay, si ven un problema, ni se acercan, pues tienen miedo de terminar también muertos. No vamos tan lejos, la semana pasada mataron a un policía en su propia casa”.

De tal modo que, aunque no hay un solo capo al mando de todo el mercado negro de la ciudad, los grupos criminales que se disputan sus zonas rojas son lo suficientemente poderosos para conjurar el infierno: todo el escenario de narco violencia que ya han soportado por más de una década otros estados de la república.

 
 

 

 

 

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